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Historia

Interpretación histórica

La Mancomunidad de Las Hurdes la componen seis municipios de los cuales cinco pertenecen a la comarca natural, dichos municipios tienen unas 38 alquerías.

Ha recorrido un largo y no siempre cómodo camino a lo largo del tiempo en su configuración histórica. Ha sido un proceso de configuración en todos los niveles: espacial, jurídico-administrativo, social, económico.

Una significativa fecha de arranque de ese proceso ha de situarse, a nuestro juicio a finales de la Edad Media, más exactamente en el último tercio del S. XV, cuando la comarca, formando parte de la Comunidad de villa y tierra de Granadilla se insertó de lleno en el esquema jurídico-administrativo y económico del señorío de la casa de Alba. En esa época comienzan a dejarse sentir los efectos de la administración ducal sobre la villa y tierra, inmersa en un proceso de plena incorporación a un típico sistema organizativo bajo medieval, se que se estaba dando también en otros lugares del territorio extremeño.

Podemos decir que la Baja Edad Media marca el inicio de una etapa de transformaciones para La Hurdes, por cuanto la administración ducal introduce una dinámica de control jurídico administrativo (a través del reglado sistema de cargos concejiles de dependencia señorial, el Tribunal o Consejo de Justicia del Duque, etc.) y reordenación económica e intervención social, teniendo siempre a Granadilla (la villa cabeza del señorío) como instrumento de dicha intervención señorial.

Pero las décadas finales del S. XV y los primeros tercios del S. XVI son también una época de profundas transformaciones en los ámbitos económicos y demográficos. Es una etapa de expansión demográfica y económica, una época, podemos decir, de reconstrucción, superada ya la crisis del S. XIV en todo el territorio de la Corona de Castilla.

En ese contexto, una primera intervención de la casa ducal iría encaminada a adquirir el suficiente conocimiento del territorio señorial y a racionalizar la administración de la comunidad de villa y tierra, con el objeto, sin duda, de acrecentar y las rentas señoriales. El señorío bajo medieval poseía un esquema propio de ordenación territorial, distribución, aprovechamiento de recursos materiales y asignación de funciones, etc., aunque el esquema de un dominio señorial omnipresente y riguroso quedará algo amortiguado en este caso dada la condición de Comunidad de villa y tierra de Granada y sus diecisiete lugares a finales del S. XV, a pesar de lo cual es innegable que la casa ducal seguía poseyendo unos considerables privilegios jurisdiccionales y territoriales.

Entre estos privilegios territoriales, resto de antiguos y pujantes derechos, estaba el disponer libremente de los baldíos y una serie de ventajas en los aprovechamientos agrícolas y ganaderos. En la comunidad de villa y tierra existían, por entonces, algunos baldíos como los de Monfrontín, la dehesa de la Granja, la de San Miguel, etc., que previa petición al duque, fueron cedidos mediante censo a los vecinos de la propia villa y tierra. En este sentido, desde tiempo inmemorial el territorio de "lo Franqueado", de Las Hurdes Baja, era considerado como un territorio -un baldío- perteneciente a los propios del concejo de Granada, que lo arrendaba para su aprovechamiento ganadero a vecinos de Robledillo a cambio de una renta anual, y sin que dichos vecinos tuvieran obligación de pagar las hierbas de toda la comunidad de villa y tierra al Duque.

Por otra parte, la "dehesa de jurde", en Las Hurdes Altas, tenía a finales del S. XV la condición de "dehesa de concejo", destinada al aprovechamiento ganadero por los vecinos de La Alberca que pagaban una renta por los arrendamientos.

Así pues, tanto Las Hurdes Altas como las Bajas estaban insertas en un esquema superior, sometidas al control señorial y bajo la directa administración de la villa de Granada. Formaban parte de una organización, el señorío bajo medieval, que las englobaba y al que se subordinaban. Mientras que la población de la dehesa hurdana no fue demasiado numerosa, su estatuto jurídico y territorial no varió.

Sin embargo, cuando el crecimiento poblacional (S. XV-XVI) alcanzó cifras de cierta importancia, las necesidades aumentaron y se plantearon, cada vez más, graves tensiones entre los moradores hurdanos y los concejos de Granada y La Alberca (sobre todo entre este último y los hurdanos de su "so campaña".

Todo esto condujo a la formalización de los respectivos Censos enfitéuticos, entre "lo Franqueado" y Granada por una parte y " la dehesa de jurde" y la Alberca por la otra. Los censos fueron entre otras cosas, un instrumento de reconocimiento y normalización de la situación territorial y administrativa de las Hurdes, región en la cual se había ido desarrollando y consolidando una población que demandaba un nuevo marco jurídico, acorde con el desarrollo social y económico que había venido experimentándose desde finales de La Edad Media. En este sentido, los Censos pueden ser valorados como la expresión de un momento culminante en el proceso de conformación espacial, económica y social de la comarca hurdana.

Teniendo en cuenta todo esto, cabe decir que las diferencias en la evolución histórica que se dan entre Las Hurdes Altas y Bajas (Nuñomoral y Pinofranqueado) guardan una estrecha relación con la distinta condición de partida de ambos territorios: la "dehesa de lo Franqueado" era un bien de propios del concejo de Granada, por cuyo aprovechamiento las arcas concejiles recibían una renta, mientras que la "dehesa de jurde" fue entregada, a finales del S. XIII, a la Alberca como una dehesa "de concejo", es decir, como un territorio que estaba destinado al aprovechamiento directo por parte de los propios albercanos que ejercían sobre él un dominio característico del feudalismo concejil.

En consecuencia, las luchas, "pleitos y contiendas", que se desarrollaron entre las distintas partes firmantes de los censos (como consta en las fuentes documentales de la época) no fueron más que la consecuencia lógica de un enfrentamiento de intereses distintos. Sobre todo los conflictos entre La Alberca y Las Hurdes Altas, los más numerosos y significativos en el plano histórico.

Así pues, como hemos señalado, en Las Hurdes, tanto Altas como Bajas, se produjo desde finales de LA partir del S. XVI se sucederán una serie de intervenciones correspondientes a dos planos distintos: un primer plano corresponde a lo que denominaremos "exterior-superior" ("élites del poder"), directamente. Relacionado con la comarca, es decir, aquellas actuaciones administrativas y políticas surgidas de las instancias administrativas superiores (ya sea la casa ducal, o el obispado con su intervención en muchos casos materiales o el propio Estado moderno de los S. XIX y XX); un segundo plano es el que se refiere a la actuación de las "élites culturales" de la región, que venían a ser como la "conciencia" de ese exterior-superior que actúa en el primer plano, convirtiéndose en ardientes defensores de la transformación de la sociedad hurdana, casi siempre con un discurso que parte de posiciones morales y moralistas, aunque, naturalmente ello no significase que no se dieran, también casi siempre, honestas intenciones en el plano personal.

En la primera mitad del S. XVII se reducirá una significativa intervención que reúne los dos planos a que nos hemos referido. Se trata del proyecto del obispo Vicente y Cebrián de reagrupar las dispersas alquerías hurdanas en unos pocos núcleos urbanos, continuación de la de otro obispo, antecesor suyo, Porras y Atienza.

Esta iniciativa surgió en una época en la cual los lazos de dependencia señorial se habían aflorado considerablemente, debilitándose los mecanismos de la administración señorial en todo el territorio de la villa y tierra de Granadilla (en un proceso de semejante al del resto del Estado, cuando el fortalecimiento de la monarquía borbónica centralista y absolutista influyó decisivamente en el declinar de los estados señoriales). En tal situación será la Iglesia la que se encargue de promover una serie de acciones que revelan una evidente preocupación por la salud espiritual e los feligreses hurdanos pero que suponen también una atención hacia el estado material de la comarca.

Eran propuestas de regeneración moral y material, que suponían de nuevo un intento de reintegración a la totalidad por la vía de una reordenación racionalizadora del espacio urbano.

Sin embargo, el proyecto del obispo Vicente y Cebrián no se llevó a cabo ante la resistencia de los propios hurdanos, pero ¿por qué se resistieron a una iniciativa que no puede ser ni simple ni tajante, pero debe poseer cierta lógica avalada por la perspectiva de los acontecimientos posteriores? Los hurdanos, una vez más, se negaron a secundar un proyecto fruto de la intervención del exterior que venía a desconocer en su esencia la profunda dinámica interna de la herencia y los derechos de "rozar" en la comarca. Es decir, se negaron a desarrollar un proyecto que ignoraba desde su raíz el "tempus" interno comarcal, el ritmo social, económico y racional de Las Hurdes. Reagrupar significaba, en el S. XVIII y también en nuestros días, reorganizar, comenzar de nuevo perdiendo la raíz histórica de los tradicionales poblamientos, la base, física, pero también inmaterial, sobre la que se asentó y se asienta un territorio humanizado no sin esfuerzo por sus propios moradores.

La siguiente intervención significativa del exterior-superior que interesa destacar ahora se produjo ya en la primera mitad del S. XIX y se corresponde con la intervención del Estado liberal-burgués: las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos y civiles -tras las Leyes de Mendizábal y Madoz-. Esta última desamortización -la de Madoz- fue una de las intervenciones de mayor trascendencia de cuantas se han realizado en la comarca, dadas las propias características del proyecto desamortizador: objetivos generales, procedimiento y efectos inmediatos. Tuvo unos rasgos específicos que confirman la "ceguera" con que el exterior-superior ha actuado casi siempre en Las Hurdes. En el caso de las reagrupaciones del obispo Vicente y Cebrián, se pretendía, como hemos dicho, una "reordenación territorial", y se trataba de un proyecto que pretendía lograr unos fines de mejora material y espiritual que no parecían descabellados. Era ésta una propuesta a la que podemos calificar como "individualizada", específic a, surgida tras una evaluación de las condiciones generales de la comarca, y formando parte de un plan de actuación específico, con objetivos intracomarcales. La desamortización civil, por el contrario, dadas sus propias características que un proyecto de carácter extracomarcal, insertó en una política supracomarcal y supraregional, indiscriminada, no específica, con múltiples objetivos: financieros, políticos, sociales, etc.

La desamortización civil del S. XIX representó para la comarca algo que podría calificarse como "atropello", ejercido sobre lo que hasta entonces eran sus territorios de aprovechamiento comunal. Partiendo de una equívoca y confusa caracterización de los bienes de propios (desamortizables según la ley) y comunes (no desamortizables), salieron a pública subasta los montes de los términos municipales que, desde tiempo inmemorial, habían sido lugar de aprovechamiento ganadero (cabras y colmenas) y agrícola (rozos). Quizá el equívoco legal de la desamortización guardara relación con que los bienes comunes fueron calificados, antes del S. XIX, como bienes baldíos, arbitrados o apropiados, es decir, considerados como fincas municipales, que, sin tener el origen de propios, se empleaban como tales, destinándose sus rentas, en ocasiones, a sufragar determinados gastos municipales.

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Fuente: Maurice Legendre. "Las Jurdes: Etude de Géographie Humaine".

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